Black Lives Matter en el Mediterráneo

Es difícil de comprender la contradicción que hay entre la defensa de unas personas y que con otras la respuesta sea de total pasividad

Publicado en eldiario.es / Cristina Fuentes, área de Solidaridad Internacional de de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA)

El 25 de mayo de 2020 George Floyd fue asesinado por la policía en Mineápolis en Estados Unidos. Supuestamente, la policía lo retuvo por intentar hacer una compra con un billete falso de 20 dólares. La intervención policial fue tan violenta que causó la muerte por asfixia de George Floyd, quien gritaba repetidamente “por favor”, “no puedo respirar”, “no me mates”. Todo el suceso fue grabado por los teléfonos móviles de la ciudadanía que estaba presente en ese mismo momento. Personas que, a su vez, intervenían interpelándole a la policía con gritos del calibre de “uno de mis amigos murió de la misma manera”. Y precisamente este es el punto, el caso de George Floyd no es el único, no es algo excepcional y no es cosa de un par de agentes de policíaEs la consecuencia de un racismo institucional presente en la sociedad global y alimentado por el discurso del odio de los principales líderes políticos del mundo.

En 2019, Fatal Encounters publicó un informe en el que señalaba que la policía estadounidense asesinaba entre 1.000 a 1.200 personas cada año, de la cuales el 25% de ellas eran afroamericanas. Recordemos que la población afroamericana en Estados Unidos no es superior al 13% de la población total del país, lo cual pone de manifiesto que si eres afroamericano tienes un 2,5 más de posibilidades de ser asesinado a manos de la policía. Estas solo son las cifras de la vergüenza que nos hacen ver que el caso de George Floyd no es algo aislado, que las protestas del movimiento Black Lives Matter no responden únicamente a un asesinato, sino que son fruto de décadas de violencia estructural, racista y xenófoba hacia la población afroamericana.

El movimiento Black Lives Matter (BLM) nació en 2013 en Estados Unidos por la absolución del exmilitar George Zimmerman en el asesinato del adolescente afroamericano Trayvon Martin por un disparo. Como cuenta Keeanga-Yamahtta Taylor en Un destello de libertad, el movimiento se viralizó bajo el hashtag #BlackLivesMatter en las redes sociales, teniendo especial repercusión tras los asesinatos de dos afroamericanos Michael Brown y Eric Garner en 2014. Desde este momento, las manifestaciones y las reivindicaciones del movimiento han estado latentes en la sociedad estadounidense reclamando que se garanticen los derechos humanos, la dignidad y la pobreza negra, al mismo tiempo que denunciando el genocidio y la existencia de una violencia estatal hacia la población negra.

Si bien el movimiento Black Lives Matter se reconoce como inclusivo y diverso -de hecho, incorpora a los grupos que estaban en los márgenes en los movimientos de liberación negra-, no ha logrado implicar lo que significa ser negro en Estados Unidos y lo que es ser negro en África. Y no es solamente responsabilidad del movimiento. La sociedad actual, concretamente, la sociedad europea ha empatizado con el asesinato de George Floyd y el movimiento Black Lives Matter como así lo demuestran las manifestaciones de estas semanas y especialmente del 7 de junio, pero ¿nos hemos parado a reflexionar sobre la paradoja de la negritud?

Este milenio hemos asistido como pasivos receptores de información a las muertes en el Mediterráneo de millones de personas migrantes de países africanos, a golpe de pateras y de naufragios. En Europa hemos tenido una doble respuesta a esta situación. Por un lado, la criminalización de las personas migrantes que llegan en situación administrativa irregular a Europa y de las asociaciones y colectivos sociales que prestaban ayuda a las personas migrantes. Por otro lado, políticas europeas cada vez más agresivas y crueles para “frenar” la inmigración irregular, es decir, verticalización de la frontera, pago económicos a los Estados-tapón que actúan de gendarmes de la inmigración, rutas migratorias más peligrosas, falta de una política migratoria que respete los derechos humanos… Entonces, ¿qué es lo que estamos reivindicando cuando salimos el 7 de junio? ¿Por qué la pasividad de la sociedad europea ante las muertes en el Mediterráneo? ¿No es la inmigración una respuesta de las personas migrantes a siglos de pobreza negra, genocidio y de la existencia de una violencia estructural? ¿Y no son esas las reivindicaciones del movimiento Black Lives Matter?

Como han puesto de manifiesto Afroféminas o SOS Racismo Madrid, es difícil comprender la contradicción que hay entre la defensa de unas personas y la total pasividad hacia otras. Sería simplista acudir a causas como la situación administrativa, el lugar de origen de la persona o la narrativa de la mediatización de los fenómenos; pero hoy por hoy, parece ser la respuesta más acertada.

Con esto que decimos no se pretende hacer una crítica al movimiento Black Lives Matter ni a las manifestaciones para alcanzar una igualdad real entre personas. Todo lo contrario, somos las primeras que salimos a tapar las calles pidiendo justicia y respeto a los derechos humanos. Solamente se quiere visibilizar una realidad existente en la sociedad europea, que no es otra que la pasividad en la defensa de las personas que mueren en el mar Mediterráneo por la crueldad de las políticas migratorias.

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