Laicismo, misión imposible

Pepe Pettenghi

El 24 de febrero pasado se me apareció Dios. Fíjate qué detallazo. Pues sí, al abrir el BOE, ahí estaba Él con todo su poderío.

Los obispos, sus franquiciados en España, publicaban ese día la programación doctrinal de la asignatura de “Religión” que ha de impartirse en los centros escolares. Dicen unos que el hecho de que Dios salga en el BOE, es prueba irrefutable de su existencia. Otros, a su vez, opinan que Dios en el BOE es la demostración palpable de que el Gobierno no nos engaña…

Yo, por mi parte, lo que creo es que eso deja en el más absoluto de los ridículos al profeta aquel que dijo cuando comenzaba la Transición: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Y es que este es un país aconfesional pero sigue aferrado al sol y a los toros, a las señoras en mantilla y a las velas enrizás, a las vírgenes alcaldesas perpetuas, a la Legión cargando a pulso a cristos ensangrentaos, a imágenes religiosas condecoradas, a obispos castrenses con rango de general de división, a dolorosas cargadas de joyas escoltadas por soldados y al salto de la reja.

¿Otro aire? El nacional-catolicismo nunca se fue del todo. Y una de sus fundamentales agarraderas es el dichoso Concordato con la Santa Sede de 1979. Desde entonces se cambió de rey, se sucedieron los presidentes, se alteró la Constitución para algo del déficit público, fueron y vinieron los planes de estudio, pero nadie se atrevió a tocarlo, nadie tuvo el valor de sacar la religión de las aulas.

¿País aconfesional? Los obispos usan el BOE para imponer sus criterios adoctrinadores en el sistema educativo de un país que se dice aconfesional. Que la Santa Sede dicte cómo ha de enseñarse la Filosofía o las Ciencias Naturales es normal, pero que lo haga a través del Gobierno que se dice moderno y democrático, es un insulto.

La carga de dogmas, prohibiciones, fobias, tabúes y afirmaciones sin base que sustenta a toda religión, supone el rechazo del pensamiento libre, del ejercicio de la lógica, del cuestionamiento, de la visión crítica y del uso de la evidencia, que son precisamente los cimientos de la educación y de la escuela.

Por otra parte, los niños no nacen con ideas religiosas; están indefensos ante lo que se les diga y no tienen medios para conocer otras ideas más allá de lo que se les inculca. Y nadie cree libremente si desconoce las otras opciones, pero aun así los obispos hablan en el BOE de libertad religiosa.

¿Libertad religiosa? La libertad nunca ha sido parte de la educación que promueve la religión. Por el contrario, enseñan la suya como una verdad incontrovertible. Aquí, en el BOE, también. Acompañada de justificaciones de adorno, como eso de la valoración y comprensión del arte religioso. En fin, cualquier persona sensata sabe que Zeus no existe y ello no resta un gramo de valor -ni de emoción- al Partenón, un templo dedicado a él. Esto es perfectamente aplicable a la catedral de Santiago, a los monjes de Zurbarán o a los cantos gregorianos.

Más difícil resulta compaginar la visión teísta que impone el BOE del origen de la vida y del hombre con los principios más básicos de la Biología o la Antropología. Y no digamos ya de los milagros, dogmas y demás prodigios religiosos a la luz de la Física o la Química de este siglo. Siendo generosos apenas resisten el calificativo global de superchería.

Pero más allá de todo esto, el fondo del asunto es que creer en Dios o tener fe no otorga ningún derecho. Y por tanto la religión no debe tener injerencia en los asuntos públicos ni en las leyes que promueven los gobiernos. Puede opinar como todo el mundo, faltaría más, pero la separación entre religión y estado es indispensable para que cualquiera pueda creer en lo que le parezca, o no creer, con la mayor libertad.

Por todo esto, la religión no tiene cabida en las aulas. En todo caso, sólo en un contexto histórico y comparativo de las creencias que ha sostenido el ser humano a lo largo de los siglos.

Llegados a este punto se hace necesario recordar que la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) consagra la libertad e igualdad de dignidad y derecho de todos los seres humanos, rechaza la distinción y discriminación, consagra la protección de las leyes para todos y también -y aquí las religiones comienzan a sufrir una evidente alergia- la “libertad de pensamiento y de religión”.

Así que no resulta extraño que el Estado del Vaticano, como país miembro de la ONU, aún no haya firmado al día de hoy la DUDH, ni la mayoría de los convenios, pactos y documentos que desarrollan ese punto en particular.

En fin, puede ser que al referirnos a libertad de pensamiento y de religión, a educación laica, los obispos españoles estén hablando en realidad de negocios. Pero, vamos, por mí no tienen que preocuparse. No soy un peligro para ellos: yo nunca he tenido un gobierno que me defienda.

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