No tomarás su nombre en vano

Cerramos la serie de colaboraciones que hemos publicado estos días con motivo de la conmemoración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata de un artículo de nuestra compañera periodista Tamara García.

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La primera tarea, la más fácil a simple vista, es no tomar su nombre en vano. “Derechos Humanos”. Aún más, les digo. “Respetar los Derechos Humanos”. El accesorio perfecto con el que siempre acertará, el fondo de armario de un discurso políticamente correcto y aparentemente comprometido, como la enciclopedia exhibida con orgullo en la estantería del salón… Respetar los Derechos Humanos, apostar por los Derechos Humanos, ajustarse a los Derechos Humanos, implementar, proyectar, desarrollar, trabajar por los Derechos Humanos… Vainas. Palabras mágicas vacías de sorpresa y repletas de trucos que llenan las bocas de servidores públicos y amos privados. Tomando su nombre en vano.
Si estamos ya pasando las últimas hojas del tomo de 2014 con cerca de 76.000 desahucios, 1.700 causas judiciales abiertas por corrupción, con dudosas garantías de la Sanidad universal, del acceso a la Educación, a la Cultura y, para rematar, con la amenaza inminente que supone la aprobación del anteproyecto de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, hablar del cumplimiento de los Derechos Humanos en nuestro país nos va quedando lejos, cada vez, más lejos. Porque las brechas se abren. Entre ricos y pobres. Entre formados y no formados. Entre entusiasmados y desesperanzados. Entre los que conquistan las torres y los que sobreviven en el extrarradio. Entre recibir, triunfales, la luz y apartarse, a lamerse las heridas, en la oscuridad. La distancia entre unos y otros, no se engañen, las marca en buena medida ese articulado pisoteado, denostado, masticado y escupido por las bocas que toman en vano el nombre de los Derechos Humanos.
La primera tarea, la que nos resulta menos complicada, es descubrir a los fabuladores a los, permítanme el símil periodístico, vendedores de humo. La más complicada, obligarlos y obligarnos a respetar no sólo el corpus teórico marcado en su declaración, también su espíritu que no es otro que el de lograr una vida digna para todo ser humano. Así de fácil y así de díficil. Con todo lo que conlleva de reto, de compromiso, de objetivo y, aún más importante, de modo de vida.
Demos su sitio a las palabras, devolvamos la importancia al lenguaje y no lo vaciemos de contenido. Respetar los Derechos Humanos es trabajar por la igualdad de oportunidades y por la integración del individuo con su entorno, y no una frase manida para rematar con fuegos artificiales el florido discurso de un representante público. Los Derechos Humanos no son el traje negro que a todos sienta bien, no son la sonrisa blanqueada de una celebritie trasnochada, no son el nuevo hastag, trending topic, ni vídeo viral de última moda. Los Derechos Humanos no son accesorios. Son quienes le ajustan las cuentas a la democracia. No sólo un 10 de diciembre. Todos los días. Por eso, no tomen su nombre en vano.

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