Día Internacional de los Derechos Humanos, día internacional de su incumplimiento

José Mª Martín Civantos, miembro de APDHA.

Durante los últimos meses hemos asistido a un periodo convulso y complicado desde el punto de vista político. Todo se ha visto inundado por el conflicto en Cataluña y en numerosas ocasiones ha parecido que no hubiera otro problema, ni otro conflicto, que no fuera ese. Sin embargo, la realidad cotidiana nos recuerda que no es así. Ni mucho menos. La crisis económica sigue presente para muchas personas a pesar de que también se haya intentado vender a bombo y platillo que estamos saliendo, que hemos salido de hecho, de ella. Efectivamente, las grandes cifras macroeconómicas quieren llevarnos en esa dirección. También el crecimiento de los beneficios del gran capital, de las grandes empresas, ejecutivos e inversores que han visto multiplicar sus ganancias.

La realidad, de nuevo, aparece aún más cruda: España es el tercer país donde más ha crecido el riesgo de pobreza desde 2008. Estamos en un 29% de la población. ¡Casi el 30% de la ciudadanía! ¡Veintinueve de cada cien personas se encuentra en riesgo de pobreza! La crisis, como advertíamos hace tiempo, no es más que una excusa, una estrategia incluso, para cambiar el estado de las cosas, para recolocar, reubicar, para garantizar una mayor acumulación de la riqueza a costa de una mayor desigualdad, injusticia y sufrimiento de unas mayorías que ven no solo empeorar su situación, sino también como pierden derechos. Ya sabemos que no recuperaremos al menos 40.000 millones de euros de dinero público empleado en el rescate bancario. Mientras, solo en el primer trimestre de 2017 se produjeron más de 17.000 desahucios, un 2,2% más que el año anterior, detrás de los cuales hay casos realmente dramáticos desde el punto de vista humano.

La doctrina del shock de Naomi Klein parece de nuevo cumplirse. Los efectos traumáticos de la crisis han dado lugar a recortes sin precedentes que no fueron aceptados sin más por amplios sectores de la población que sí se movilizaron (aunque puede que no lo suficiente). Mientras, parecía que no hubiera otra alternativa que no fuera la dictada por “los mercados” y la tecnocracia, que lo vestía todo con un manto de tecnicidad (incluso de cientificidad) que bloqueaba casi cualquier tipo de respuesta. Y sin embargo, las protestas se sucedieron, del 15M o Rodea el Congreso a las mareas, pasando por innumerables actos y campañas locales y sectoriales. La respuesta fue clara: la Ley Mordaza y un mayor índice de presión y represión de la protesta social y de la crítica, incluida la digital, vertida en internet, medios de comunicación, redes sociales, la música o el teatro.

Esta represión alcanza también a la crítica y la denuncia de la corrupción política, que se ha extendido y destapado de manera flagrante y con una sensación social de impunidad. Esta genera una mayor y peligrosa frustración y desafecto por la democracia y la participación, que conduce a la desesperanza o, finalmente, al crecimiento del autoritarismo y posiciones cercanas al fascismo. El auge de los sentimientos nacionalistas ha sido, en este sentido, proverbial, y ha sido insuflado por ambas partes para, entre otras cosas, tapar los problemas sociales y políticos, acallarlos y, ya de paso, aprovechar la crisis para profundizar en medidas represivas o en nuevos recortes.

La corrupción, como las duras medidas antisociales y los recortes, han puesto de manifiesto la connivencia entre el poder político y el económico, cuyo máximo exponente son las famosas puertas giratorias, pero también los paraísos fiscales.

Desigualdad social

 

España es uno de los países europeos con mayor desigualdad social. Es el séptimo país de la OCDE donde más ha crecido, un 3,7%, desde 2010 hasta 2014 (último año con datos disponibles). Incluso desde Bruselas las autoridades han alertado del incremento de la desigualdad y la exclusión social.

Este incremento no se produce solo por el crecimiento del número de personas sin recursos que pasan a engrosar las cifras de la marginación y, desde ahí, caen en la exclusión social. Hemos asistido también al nacimiento de nuevas categorías, como la de los trabajadores pobres, fruto de la precariedad, la de la pobreza energética, la expulsión de personas del sistema sanitario o, como decíamos, a unas cifras de desahucios insoportables.

Una parte de la clase política y de nuestros Gobiernos parece mostrarse insensible frente a tanto dolor y tanto sufrimiento. Y esta insensibilidad se traslada a la escena internacional, con un Gobierno que ha incumplido sistemáticamente los acuerdos (ya de por si ridículos), para la acogida de refugiados procedentes de zonas en conflicto. La tragedia de los inmigrantes y refugiados no hace sino acentuarse y la respuesta sigue siendo la de cerrar fronteras y externalizar la represión de esos flujos para que las personas europeas y españolas podamos tener la conciencia tranquila y seguir pensando que nosotros sí que cumplimos con los Derechos Humanos y la legislación internacional. Nada más lejos de la realidad. De nuevo la fuerza de los hechos es más fuerte y pone en evidencia la dureza de las devoluciones en caliente, la negación del derecho al asilo o el encarcelamiento de los inmigrantes en los CIES, que son cárceles encubiertas, hasta que no ha hecho falta ese eufemismo y se ha encerrado a unos 500 migrantes en la flamante cárcel de Archidona. No puede haber respuesta más inhumana frente al sufrimiento que criminalizarlo y castigarlo, sin haber cometido otro delito que el de huir de la pobreza o el horror de los conflictos y la guerra.

Y frente a esto, de nuevo, los defensores y defensoras de los Derechos Humanos obtienen como respuesta la represión más dura, sea en el rescate de personas en el Mediterráneo o en tierra. Así acaba de pasarle a la activista Helena Maleno, que se enfrenta a un juicio en Marruecos acusada por las autoridades españolas.

Es por ello que el 10 de diciembre, día Internacional de los Derechos Humanos, no podemos más que repetirnos que aún queda mucho por hacer. Convencidos como estamos de que los Derechos Humanos son una conquista social y son herramientas de lucha por la dignidad humana, sobre todo de los que más lo necesitan, expresamos una vez más esos derechos hay que defenderlos para no perderlos. Hoy, como siempre, sigue siendo necesario seguir denunciando, sensibilizando, concienciando y apostando por alternativas transformadoras y liberadoras en pro de las personas y de un planeta cada vez más esquilmado y agotado.

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