La Navidad entre rejas

 

 

Manuel Sánchez Iglesia / Publicado en eldiario.es

 

 

La Navidad, una época donde la mayoría de las personas se reúne en familia y en la que, sin duda, estamos un poco más sensibles que de costumbre. Son días de encuentros, comidas, celebraciones,  donde compartimos todo lo que nos une y parece que nos inunda la alegría, los besos y las risas.

Sin embargo, la realidad que se vive dentro de una prisión es bien distinta. Y lo digo por experiencia personal, por las navidades que pasé en prisión cumpliendo condena. Un año más, en las cárceles se volverá a asistir de manera previsible a los cambios de menú que se tienen preparados para estos días de Navidad, a modo de celebración irónica, pues para mí esto sólo significaba una imagen artificial de bondad, solidaridad y compasión que se nos transmitía desde la institución penitenciaria.

Además del cambio de menú, también aparece en estas fechas navideñas un desafío interno y personal para las personas presas: mostrarse sensibles y vulnerables en un entorno hostil. No es nada fácil para ninguno de nosotros dejarse llevar por las emociones y los sentimientos que se nos despiertan en estos días. Eso sí, cuando sucede en la cercanía y en la intimidad de la celda con tu compañero, se llega a expresar lo más humano de nosotros, creándose un ambiente más amigable y de cuidado en nuestras relaciones.

 

La etiqueta

Tanto es así que incluso algunos funcionarios se contagian de este ambiente y se nos reconoce nuestra calidad humana y nuestra actitud abierta, cercana y comunicativa, notándose en la relación preso-funcionario. Ante esta experiencia tan singular que aparece en esos momentos, los funcionarios nos dejan de llamar por un número o por una etiqueta (para ellos somos delincuentes, ladrones o drogadictos) y nos pasan a llamar por nuestro nombre. Por un momento nos damos cuenta que la sensibilidad nos conecta los unos con los otros sin tener que defendernos de nada. Lástima que esto se dé en contadas ocasiones y que en esos días también sigamos siendo para ellos la etiqueta.

La otra cara de esta situación es lo complicado que resulta sobrellevar la distancia con la familia, la ausencia de los seres queridos. Sobre todo porque más que otros días del año aparecen los recuerdos, la añoranza, la culpa, los errores cometidos, las ilusiones y las frustraciones de no haber conseguido lo que se quería, provocando en uno impotencia, tristeza y un dolor que difícilmente puede sostener uno mismo.

No es de extrañar que por estas fechas navideñas (yo mismo me he visto en numerosas ocasiones) se busque consumir alguna clase de drogas para escapar de esta dura realidad. Las visitas familiares en estos días se esperan con mucha alegría, por parte de las personas presas y de los propios familiares, pero también las despedidas en las mismas son siempre más difíciles. Te das cuenta del apoyo incondicional de tus familiares, si tienes la suerte de que vayan a verte. En los casos de los internos que pasan estos días sin recibir visitas de sus familias, es mucho más doloroso.

La cárcel es un “lugar aparte” donde la persona presa, la delincuente, paga lo que ha hecho. Así se entiende que se hace justicia, pero en ningún caso se trabaja o se le ayuda dentro de las prisiones a transformar su existencia, posibilitándole la oportunidad de una integración social real. No hay tiempo para lo verdaderamente humano, ni siquiera en Navidad.

 

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