Macarena Olid
Delegada de APDHA Sevilla. Área de Marginación de APDHA – 17 de octubre de 2025

Durante años nos han repetido un mantra: “Hay que acabar con la pobreza”. Suena bien, ¿verdad? Humanitario, justo, comprometido. Pero es uno de los mayores eufemismos que hemos aceptado sin cuestionar. Está presente en todos los discursos institucionales, en las estrategias públicas y en las campañas de entidades privadas que trabajan con colectivos vulnerables. Sin embargo, muy pocas veces se señala lo esencial: no se puede acabar con la pobreza sin acabar, primero, con la concentración de riqueza.
La pobreza no existe por sí sola. Tiene causas y rostros. No se trata simplemente de falta de recursos, sino del resultado directo de un sistema que beneficia a unos pocos mientras excluye a muchos. ¿Quiénes se enriquecen con esta desigualdad? Es hora de ponerles nombre: empresas agroalimentarias de gran tamaño han construido su rentabilidad sobre la explotación sistemática de personas migrantes; fondos de inversión que especulan con viviendas y expulsan a familias de sus barrios; bancos que obtienen beneficios récord a costa del endeudamiento popular; eléctricas que encarecen lo básico y juegan con lo imprescindible; y un largo etcétera.
Estos sectores no solo no combaten la pobreza: la necesitan para mantener sus márgenes de ganancia. Hacen caridad con una mano —proyectos sociales, patrocinios, “responsabilidad corporativa”— mientras con la otra profundizan la desigualdad. Es una hipocresía estructural.
Mientras se construye el relato de un “Estado del Bienestar” moderno e inclusivo, la realidad es que este modelo se sostiene, cada vez más, sobre la privatización progresiva de los servicios públicos esenciales. Se vende la idea de que todos y todas tenemos acceso, en igualdad de condiciones, a derechos básicos como la educación, la sanidad o los servicios sociales. Pero lo que se oculta —o se camufla con propaganda— es que estas estructuras están siendo desmanteladas desde dentro.
Se recorta en educación pública, la eliminación de las aulas y falta de personal docente, están saturando las clases y agravando la desigualdad educativa. Sumando la escasa oferta pública de formación profesional que aboca al fracaso y abandono escolar prematuro de muchos jóvenes, especialmente en zonas más vulnerables Se desfinancia la sanidad, alargando listas de espera, sobrecargando al personal sanitario y empujando a la ciudadanía hacia el sector privado. Se reducen y limitan los servicios sociales, dejando sin apoyo suficientes a las personas en situaciones de vulnerabilidad o dependencia.
Y, en medio de todo esto, se diseñan ayudas, prestaciones y subsidios que se anuncian como gestos de solidaridad y justicia… pero que en la práctica están tan llenos de obstáculos burocráticos, requisitos imposibles y laberintos administrativos, que muchas de las personas que más los necesitan quedan excluidas del acceso real a esos derechos. La ayuda existe, pero no llega. O llega tarde. O llega mal. Y la culpa nunca es del sistema, sino del individuo que “no sabe” o “no cumple”.
Este “bienestar” es un espejismo: más orientado a maquillar la desigualdad que a transformarla, más al servicio del orden social que de la justicia social. El resultado es una población cada vez más agotada, más atomizada, y convencida —porque así se diseña— de que el problema es individual, no estructural.
Por eso, el objetivo real no debería ser sólo acabar con la pobreza, sino acabar con el modelo que la produce y la mantiene. Y eso pasa necesariamente por cuestionar y desmantelar la concentración obscena de riqueza, poder y privilegios que hoy define nuestras sociedades.
Acabar con la riqueza no significa que todas las personas vivamos en escasez, sino todo lo contrario: replantear profundamente qué entendemos por bienestar, por justicia, por desarrollo. Mientras millones de personas sigan excluidas para que unos pocos sigan acumulando, no estaremos en el camino correcto.
Solo cuando dejemos de mirar la pobreza como un problema aislado, y empecemos a señalar quién se beneficia de que esa pobreza exista, podremos empezar a construir un camino real, justo y transformador.




