La película refleja la denuncia y lucha de las vecinas enfrentando los continuos cortes de luz provocados por la falta de inversión de Endesa en sus anticuadas infraestructuras de los barrios obreros de Sevilla, decisión sustancial de una política empresarial orientada al beneficio extremo por encima de los derechos humanos.
Estos días pasados a la conocida realidad de esos cortes -que la movilización vecinal proyectó a los primeros planos de los medios de difusión a partir del verano de 2022- se agregó una cara que golpeó a millones de personas: la crisis demostrada por el gran apagón causado por el difícil equilibrio entre la producción y demanda cuando esta está sustentada en maximizar las cuentas de resultados del oligopolio eléctrico.
A propósito de esto, aunque los poderes mediáticos al servicio de los grandes intereses económicos lo quisieron pintar como una experiencia personal enriquecedora que te permitía conocer a vecinos en un ambiente de jolgorio y aventura, lo ocurrido con el gran apagón permitió a toda persona sensible vivir en carne propia por unas horas lo que los barrios obreros de muchas de nuestras ciudades padecen día a día desde hace años, ante el abandono de las instituciones. Y por el que, salvo cambios sustanciales que requerirán ingentes sumas de dinero, una gran mayoría ha tomado conciencia de que otro incidente similar puede volver a ocurrir.
El contubernio que con la complicidad del Estado y del grueso de los partidos políticos puso décadas atrás un servicio público, un derecho humano, en manos de oligopolios privados que lo han gestionado como un negocio a explotar, debe terminar. Las eléctricas deben ser recuperadas para una gestión pública transparente y controlada, al tiempo que urge un nuevo modelo económico y social alejado del consumo desaforado, que ponga a las personas en el centro.






