Menos lucha y más lentejas. ELENA N. DUEÑAS

 

Elena N. Dueñas

Las mujeres conocemos perfectamente la represión. La nuestra es, diría yo, una represión más cualificada, por cuanto es más compleja y completa, pues hemos sido históricamente reprimidas no solo por el poder fáctico en los espacios públicos y privados; sino también, y sobre todo, por nuestros compañeros en los espacios de ‘lucha’ y por nuestras parejas en el en el seno de ‘nuestros’ hogares.

Las mujeres de represión sabemos mucho. Sabemos desde pequeñas que calladitas estamos más guapas y aprendimos de mayores que si denuncias a un “compañero”, caerá toda la fuerza de la izquierda, unida, ahora sí, contra ti. Dentro del activismo, las feministas hemos tenido y tendremos que oír infinidad de veces esto tan antiguo como absurdo de que dividimos a la clase obrera, que la opresión de género es consecuencia de la de clase, que con la llegada de la ansiada izquierda del cambio llegará la igualdad para nosotras, etc.… como si no supiéramos nosotras a estas alturas que todo eso es mentira, como si necesitáramos que nos reubicaran desde otros lugares.

Las mujeres sabemos mucho de represión, mucho, pero sabemos más de supervivencia, de resistir, de mantenernos vivas tejiendo redes sororas, de la clandestinidad de los hogares, de los tápers de lentejas… Dicho de otro modo, de hacer abono con la mierda que nos tiran. Así son las mujeres con las que vivo y así es el feminismo autónomo que me sostiene, un feminismo íntimamente político que nos cose a la vida, que remienda los boquetes, las soledades, los dolores y las violencias, las personales y las del sistema. Un feminismo que nos devuelve encuentros llenos de comidas caseras, llenas de amor, de risas, de debates, de gritos y de abrazos. La represión es, pero la resistencia es más, es mejor. La represión nos agota a ratos, pero también nos sirve de motor de cambio, de unión, de organización. La resistencia para nosotras nunca fue una opción, no es mecanismo de defensa que debamos activar, es una forma de vivir. Nosotras la resistencia la traemos interiorizada, ordenada, lavada y planchada. La tenemos lista y colectivizada, como las lentejas, para cuando vienen a pisarnos, a dudarnos, a desacreditarnos, a robarnos. La tenemos lista siempre y ella nos tiene atentas y alegremente cabreadas.

Desde donde yo lo veo, el cambio debe ser mucho más profundo y debe comenzar en nuestras casas, en nuestras bocas, en nuestras relaciones. Creo que, de forma urgente, debemos sacar la lucha del centro y poner la vida, las vidas, los cuidados, el respeto, el apoyo mutuo y el amor. Solo así podremos construir una sociedad habitable, llena de gente que no se deje pisar.