El “Autobús contra los muros” hace parada en Nablus
La vida en un campo de personas refugiadas, el limbo asfixiante de la injusticia


Una de las características de Nablus es la convivencia existente entre distintas confesiones religiosas. La comunidad samaritana, musulmana y cristiana, llevan desarrollando desde hace siglos un sentido de comunidad y colectividad enriquecedor y solidario.
En Nablus además existen tres campos de personas refugiadas creados por la UNRWA; Askar, Balata y Beit Ilma: (o Campo Numero 1), el campo de Balata es el mayor de toda Cisjordania, albergando a más de 27.000 personas palestinas (según datos de la UNRWA, casi 30.000 teniendo en consideración las miles de personas que no están registradas).
Si vivir en un campo de personas refugiadas puede considerarse una solución temporal hasta el acceso al retorno, se puede comprobar como en la realidad ésta se hace indefinida y permanente. El campo de Balata se instauró en 1950 (para atender a alrededor de 5000 personas desplazadas después de la Nakba) y desde entonces su densidad no ha hecho más que aumentar, a la par que las condiciones de vida no dejan de empeorar.


Pero la vulneración de derechos humanos de las que se han venido a llamar “personas refugiadas” es una suerte de cinismo, ya que la norma es carecer de las condiciones necesarias para su protección y desarrollo vital. Ésta es la tónica general también lejos de Palestina. Con especial virulencia se está consolidando una aceptación generalizada en la sociedad europea y española de los incumplimientos de los acuerdos internacionales y compromisos de cuota, parecen ser una inspiración de la estrategia del estado israelí que hace oídos sordos a las reclamaciones de Naciones Unidas.
Lejos de encontrar la vía para restablecer los derechos de las personas refugiadas palestinas, se extienden el abandono y las dificultades para obtener el reconocimiento del derecho de asilo, condenándolas a vivir en el limbo de los campamentos indefinidamente, o buscar vías de acceso a lugares donde puedan vivir en condiciones de seguridad, aunque bien sabemos quienes dirigimos habitualmente la mirada a las fronteras, que esas vías demasiado a menudo acaban en muerte.


La influencia del espacio sostenido de convivencia entre religiones sirve de motor para el desarrollo de iniciativas pedagógicas, con las que trabajar el conflicto y el trauma que los niños y niñas de Nablus han sufrido y sufren debido a la ocupación israelí. Generar espacios seguros donde a través de la expresión artística y la atención psicológica los más pequeños puedan expresarse. Esta es la clave para organizaciones que trabajan específicamente en las estrategias imprescindibles para abordar la vida, y lograr que la ocupación no bloquee además la oportunidad de supervivencia y desarrollo personal.

















