La economía del bien común y los derechos humanos

Pedro Castilla Madriñán es miembro de la Asociación Economía del Bien Común de Cádiz

“La Economía del Bien Común es semejante a los Derechos Humanos”, dice Christian Felber. Y no le falta razón al fundador de tan esperanzadora alternativa económica mundial.

La EBC, se fundamenta en valores éticos como la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica y la participación democrática con su transparencia. Son los valores que priman en el Balance del Bien Común para cualquier empresa, asociación o institución que desee acogerse a sus principios. Muy semejante a los principios fundamentales que persigue la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ambas asociaciones también se declaran apartidistas porque sus principios, tanto económicos como humanos, deberían entroncarse intrínsecamente en cualquier opción política que se manifestase democrática. Deberían conformar unas aspiraciones esenciales para cualquier programa político que anhelara verdaderamente el Bien Común de la ciudadanía y cumplir con lo establecido en sus Constituciones y Declaración de los Derechos Humanos.

La dignidad humana representa para la EBC el mayor de los valores. Dignidad humana quiere decir valor en Igualdad. Sin condiciones e inalienable. Sólo hace falta nacer para merecer tan intransferible e irrenunciable derecho. Casi todas las Constituciones lo recogen, al igual que la Declaración de los Derechos Humanos, pero, desgraciadamente, pocos países la cumplen.

La desigualdad se ha instalado en numerosos aspectos de nuestra convivencia humana. Es una lacra del actual sistema económico, político y laboral. Pareciera que se hubiese diseñado desde las tinieblas inhumanas. Es notable y abrumadora la desigualdad económica existente a nivel mundial, también ante la Justicia, la propiedad, de género, empresarial, mediática –según qué países, partidos o personas se alinean o no con el poder establecido- y entre los países poderosos y los empobrecidos. La opulencia y bienestar de los ricos se alimenta de la pobreza y miseria de los innumerables ninguneados.

Cuando se decía que en Occidente se había alcanzado la “sociedad del bienestar”, en realidad ese bienestar se reducía al 20%, el otro 80%, en un gradiente progresivo de precariedad, vivía y vive fuera de este recinto, en condiciones de extrema pobreza llegando a la inanición y muerte.

Esta alarmante desigualdad conduce al doloroso sino de los emigrantes, los refugiados, los desahuciados, los desempleados, los hambrientos, los empobrecidos, la violencia machista, las inverosímiles condenas, al saqueo de los pueblos, a los suicidios…

Cuando en una comunidad de seres humanos no se preserva sistemáticamente la dignidad de cada individuo, tampoco se protege la libertad. Del idéntico valor de todos los seres humanos proviene nuestra igualdad, en el sentido de que, en una democracia, todas las personas deben disfrutar de los mismos derechos, las mismas libertades y oportunidades. Sólo entonces, cuando realmente todos disfrutemos de las mismas libertades, se dará la condición necesaria para que seamos realmente libres. La dignidad humana es la premisa para la libertad.

La desigualdad también nos conduce a la exclusión y, por tanto, a la ausencia de fraternidad.

Sin los tres fundamentales pilares en los que se basa la democracia: Igualdad, Libertad y Fraternidad, puede afirmarse que, en estos momentos, tampoco se está produciendo la auténtica democracia. Otro pilar fundamental de la EBC y de los DD.HH.

Todo el mundo tiene hoy la conciencia y la añoranza de una sociedad más justa, más solidaria y más democrática. La EBC plantea las mismas libertades, los mismos derechos y las mismas oportunidades para todos. Y para ello, se hace imprescindible limitar la funesta desigualdad existente.

Se han sustituido los valores éticos por los valores del Mercado. Se han suplantado los Derechos Humanos por los derechos del Mercado. Al perseguir ciegamente el aumento del capital financiero y no el bienestar de todos, el capitalismo patriarcal reinante, está destruyendo los fundamentos vitales del ser humano y de la Economía. Y cuando los recursos naturales, también son usados como un instrumento y no como un recurso a proteger, este cruel Neoliberalismo, depredador de personas y naturaleza y en una consciente pérdida de sentido, está conduciendo a la humanidad y al planeta a una turbulenta espiral apocalíptica.

El deber supremo de las personas de bien es no desfallecer y actuar con la renovada conciencia de que el “por-venir” está “por-hacer”.  Rigoberta Menchú, decía: “Cada día debemos recibir el amanecer como se merece”. Debemos situar nuestra conducta, entusiasmo y voluntad de cambio en sembrar continuas semillas de solidaridad, de igualdad, de fraternidad y de luchar contra toda injusticia humana porque, de no hacerlo, estaremos permitiendo que se establezca.

Podemos y debemos construir el futuro. Los principios democráticos deben volver a inspirar las pautas económicas, dejando en su justo lugar a los valores mercantiles. Y los Derechos Humanos, deben conformar la conciencia de todo ser humano de bien.

El siglo XXI, debe representar el tiempo donde tenga lugar la inflexión histórica del poder de la fuerza a la fuerza de la razón, la palabra y la dignidad humana.

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