Vidas a la intemperie

Matilde Sanz pertenece al grupo de Cádiz de la APDHA

La Constitución Española recoge el derecho a la vivienda en su Artículo 47 que dice que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.
Y en el Artículo 35, sobre el trabajo dice que todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.
Así también lo reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos en su Artículo 25: Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios…
Pero está muy lejos de la realidad que estos principios se cumplan, son actualmente simples declaraciones de intenciones sin el suficiente desarrollo ni la voluntad clara de llevarlos a cabo.
Son mínimos los pasos dados en este sentido y actualmente lo que vivimos es un aumento del paro y de la precariedad laboral, un aumento de la especulación con la vivienda con precios inasequibles para gran parte de la población, con desahucios de las familias arrojándolas a la calle, reconvirtiendo las viviendas en alojamientos turísticos sin control…
Y entre las más afectadas por el incumplimiento de estos principios constitucionales se encuentran las personas sin hogar, esas personas que están físicamente cerca de todos y cada uno de nosotros pero que no queremos ver ayudándonos de la ignorancia que respecto a su trayectoria vital tenemos y queremos mantener, dando por supuesto que se han buscado estar donde están, que algo habrán hecho mal y son causantes de su estado de calle.
No nos preguntamos, sin embargo, cuanto ha contribuido a su situación esta sociedad nuestra en la que se premia constantemente al rico y se explota en lo posible o se arrincona al pobre. Esta sociedad que derrocha tanto en cosas innecesarias y parece incapaz de dar una oportunidad a estas personas facilitándoles la obtención de un techo digno, de un hogar.
Somos una sociedad acumulativa en la que se vitorea y admira al que posee mucho, se empuja a tener muchos bienes materiales como medida del éxito, se engrandece a los conquistadores, se ensalza a los millonarios, se enseña a competir para ser el mejor, en lo que sea, pero el mejor. Da igual que la riqueza de unos pocos suponga, en muchos casos, la explotación y la pobreza de otros, incluso su miseria.
Desde la escuela, en los libros de historia se glorifica a los grandes imperios, a los grandes dominadores, cada país ennoblece sus grandes conquistas, como si no fueran siempre a costa de otros, por lo que se silencia el sufrimiento de los conquistados; siempre es a mayor gloria de la propia patria. Y así siglo tras siglo aprendemos a pelear y nos enfrentarnos los unos contra los otros, generalmente por causas que no justifican el derramamiento de una sola gota de sangre. Causamos nuestro exterminio de manera sistemática cada vez con mayor precisión y extensión. La inconsciente naturaleza es benigna comparada con las victimas que producimos en nuestra incomprensible lucha contra el semejante.
Para cuándo enseñar y admirar la colaboración frente a la competencia, el compartir frente a la acumulación, la solidaridad frente al egoísmo, para cuando la comprensión, la tolerancia, la concordia. Cuando los libros de historia recogerán como dignas de estudio y ejemplares las acciones de tantas personas que realmente se comportaron con humanidad y pusieron su energía en acciones en las que primó el beneficio hacia sus congéneres por encima de consideraciones egoístas y materiales y ayudaron a despertar y desarrollar nuestra conciencia en sus aspectos más positivos, más humanitarios.
Poner el objetivo en que todos vivamos mejor implica repartir mejor y que las necesidades básicas de todos queden cubiertas. Nadie necesita el lujo para vivir, pero sí precisamos todos unos mínimos que cubran satisfactoriamente esas necesidades como son el alimento, el vestido, la vivienda.
Como sociedad “desarrollada” parece intolerable que admitamos como normal que ciudadanos desfavorecidos permanezcan en la calle sin brindarles un techo y una ayuda que les permita recobrar su dignidad y rehacer sus vidas. Con esta actitud, nuestra propia sociedad se califica dejando ver, tras la apariencia “glamurosa” del consumismo, la mezquindad moral que nos habita.
No cuestionamos al rico, sino que le envidiamos y admiramos y aceptamos como natural que además se transmitan, por herencia, esas fortunas sin necesitad de ningún mérito por quien las recibe; pero a las personas pobres les exigimos todo tipo de esfuerzos para salir adelante y les culpabilizamos si no lo consiguen.
No reflexionamos sobre cuánto hay de azar en la acumulación de riqueza (dar con algo que produce una gran demanda, muchas veces de manera casual, otras aprovechando necesidades básicas) y como se le facilitan las cosas al que mucho tiene (menores impuestos, facilidades de créditos, regalos importantes, por mencionar algunos), dinero llama al dinero, aparte de las fortunas obtenidas de manera inmoral e incluso ilegal y sobre las que la justicia pasa de puntillas en muchos casos. Por todo ello, estamos obligados a proteger al que no le ha sonreído la suerte, al que ha tenido un punto de partida desfavorable bien por sus mermadas capacidades, su entorno social adverso, sus errores…, y exigir un reparto justo para que la riqueza de unos no sea garantía de la pobreza de otros.
Es la sociedad, en su conjunto, quien debe demandar que se existan mecanismos de ayuda a estas personas marginadas para que puedan salir de esa situación y sus vidas dejen de estar a la intemperie.

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