Experiencias xenófobas en primera persona: el Brexit para una española en Londres | OPINIÓN

Llevo cinco años y medio siendo inmigrante española en Londres, Reino Unido.  Una ciudad y un país  que sentí como si fuese mi casa desde el primer día, que me ayudó a curar un dolor que quebrantó mi vida y aspiraciones cuando llegué con 18 años.

Ayer Londres, me enseñó una cara amarga que hasta entonces, por suerte, no había conocido en primera persona. Fui víctima de un ataque verbal xenófobo en mi lugar de trabajo, por tratar de poner fin a su vez a otro ataque verbal hacia una compañera.

Era un grupo de tres hombres de entre 35 y 65 años de edad, de origen británico. Como encargada le pedí a mi compañera que me dejase lidiar con la situación y se apartase para evitar agravar las cosas. Me acerqué y cordialmente les pedí que abandonasen el establecimiento, ya que en el lugar en el que trabajo no toleramos ese tipo de comportamiento hacia nadie.

Al verme intentar resolver la situación, dichos individuos, se vinieron arriba, y en lugar de abandonar el establecimiento decidieron continuar con una retahíla más de insultos sin sentido.

No tardaron en percatarse de que mi acento – del que me siento tremendamente orgullosa he de añadir-  era extranjero.  Mi única provocación fue delatarme y confirmarles que efectivamente  era extranjera cuando me preguntaron de donde era. Sus insultos tomaron entonces un tono mucho más despectivo y xenófobo. No queriendo causar una mayor confrontación, pues ellos eran tres y yo solo una, me dispuse a llamar a la policía, que tardó alrededor de treinta minutos en llegar al local.  Sobre la retahíla de insultos y coros que recitaron en el tiempo que tardó en llegar la policía al local, prefiero no entrar en detalles pues es más de lo mismo. Ninguno fue arrestado, y uno de ellos, el que llevaba la voz cantante huyó antes de que la policía llegase al establecimiento, del que fueron escoltados a salir y al que no podrán volver.

Londres es una ciudad que se caracteriza por su multiculturalidad, la diversidad de sus gentes, el contraste de olores, sabores y colores que decoran sus calles, pese a sus cielos grises casi constantes. Londres ha sido durante años la puerta abierta a las oportunidades para aquellas personas comunitarias y extracomunitarias que buscaban aprender un idioma. La residencia de los sueños de aquellos ciudadanos y ciudadanas europeas y de otras partes del mundo que ansiaban y necesitaban una oportunidad de futuro más prometedora de la que podían alcanzar en sus países de procedencia.

Jamás he sido partidaria de las fronteras, del nacionalismo, ni de las religiones que ponen muros invisibles entre las personas que habitamos este mundo, así que, seguramente no sea capaz de hacer una valoración objetiva acerca de lo que implica el Brexit para una inmigrante europea como yo.  Pero sé que puedo relatar lo que sentí el día que la incertidumbre volvió a asentarse en mí, aquel día de Junio de dos mil dieciséis. Una incertidumbre que  llevo a cuestas a medias, pues vivo con la tranquilidad en cierto modo de que tengo la suerte de que el país donde nací y en que reside mi familia está a escasas tres horas en avión. Aunque mi vida ya no esté allí, existe la opción de volver a luchar por crear una nueva, si las cosas siguiesen tornando a un futuro más oscuro en Reino Unido.

Sin embargo, ¿qué les queda a los millones de personas y familias extracomunitarias que han hecho del Reino Unido y de sus ciudades su hogar permanente y se sienten amenazados y juzgados por el simple hecho de tener un escudo diferente impreso en un trozo de papel? ¿qué les queda a los ciudadanos del mundo, a los migrantes que con el peso del recuerdo a sus espaldas se embarcan en pateras malditas, que acaban truncando sus esperanzas y llevándose su último aliento por delante? ¿qué nos quedará a todos y todas si cada vez nos convertimos en más intolerantes, intransigentes e irrespetuosos con los derechos humanos?

Creo que quedará un mundo en donde la vulneración de éstos será la nota definitiva para prevalecer sobre los otros.


5 de junio de 2019, por Rocío Diego García.

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