Melilla, frontera sur de Europa

José Alonso Sánchez es magistrado y pertenece a la Asociación Pro Derechos Humanos de Melilla

Son ya casi treinta años que han pasado desde que el cierre de las fronteras europeas convirtió Melilla, al igual que otras ciudades del sur de Europa, en embudo de la Unión Europea y ciudad-ratonera para migrantes.

Nuestros doce kilómetros cuadrados son un polo de atracción para millones de hombres y mujeres, que desde el África subsahariana hasta Bangladesh, intentan entrar en Europa por las únicas vías existentes, vías que comprometen gravemente su seguridad personal y sus vidas.

Hemos recibido nigerianos, malienses, senegaleses, guineanos, …, huyendo de la violencia; irakíes, libios, sirios o yemeníes, fugitivos de guerras orquestadas por las potencias occidentales; palestinos a los cuales se les hace imposible vivir en su tierra; bengalíes hambrientos.

Todos ellos ven en Europa una solución a la violencia vivida en sus países, pero es una solución que a muchos lleva a la muerte, a las mujeres a ser violadas, y a todos a una vida desastrosa, de la que se desconoce el final.

Las vías de acceso no pueden ser más peligrosas. Se pretende constituyan parte de una selección natural, para que solo entren en Europa los que posean mayor fuerza física, saltando la valla, o tengan más dinero y puedan pagar a eso que llaman mafias, que no son más que agencias de viaje clandestinas con colaboración “oficiosa” de Marruecos y España.

Lo más económico es saltar la “valla”, eufemismo utilizado para denominar unas alambradas, en el lado español de seis metros de alto, coronadas por una especie de anzuelos que destrozan la carne. En el lado marroquí es peor, hay un foso y unos “rulos” de dos metros de altura de ese alambre desgarrador de la carne.

Para saltar la “valla” pueden estar meses o años esperando los migrantes el momento oportuno, que suele darse en momentos de tensión entre los gobiernos de Marruecos y España, o en días previos a cualquier tipo de negociación entre ambos Estados; días en que Marruecos abre la “espita” y saltan las alambradas de Melilla y Ceuta centenares de migrantes.

Pero para llegar a ese momento hay que sufrir durante un largo periodo de tiempo viviendo a la intemperie en el monte Gurugú o cercanías, pasando frío, hambre y persecución. Sufren enfermedades, accidentes, y algunos quedan inválidos de por vida o mueren.

Esta es la vía económica, aunque hay que ser un auténtico atleta para pasar por estas durísimas “pruebas”.

La vía alternativa es pagar, para entrar en Melilla camuflado en un coche o en una patera. El precio lo ponen las dificultades para entrar en la ciudad; cuanto más altas las alambradas, mayor es el precio que hay que pagar a una de estas organizaciones dedicadas a estos traslados. Unos traslados que pueden ser de unos cuantos cientos de metros, por los que se pueden pagar en la actualidad hasta tres mil euros.

Tampoco están exentos de peligro estos sistemas de entrada, con pateras sobrecargadas que se hunden, y cadáveres que aparecen periódicamente en nuestro litoral.

Y entre uno y otro sistema de acceso a Melilla, la Oficina de Asilo, unas dependencias en la frontera de Beni-Enzar a las que para llegar a ellas también hay que pagar, aunque para los negros resulta imposible incluso pagando. No se sabe de ningún negro que haya accedido a Melilla por esta Oficina. ¿El motivo?, seguramente los acuerdos migratorios entre España y Marruecos.

Corolario a esta tragedia es la “devolución en caliente”, una expulsión sumaria, sin ser identificado el migrante, que no puede ejercer el derecho de asilo, y que le devuelve a la casilla de salida de forma violenta.

Y para los que no pueden ser expulsados quedan las condiciones precarias de vida, el trabajo esclavo, y el grosero y falsario discurso de odio, que tanto éxito tiene en las campañas electorales, por parte de aquellos que carecen de moral y principios, y cuyo fin en la política es el saqueo del patrimonio público bajo un disfraz patriótico.

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