La codicia de los de siempre.

La crisis de gobernabilidad por la que atraviesa Venezuela, hunde sus raíces en la batalla sostenida por los recursos naturales que atesora este territorio. La codicia de ajenos y propios, ha colocado al país en una posición fatídica para sus habitantes, insignificantes a todas luces para los intereses de buena parte de la comunidad internacional y la geoestrategia del capital.

Las continuas interferencias ejercidas sobre los sucesivos gobiernos de Latinoamérica (no solo en Venezuela), han provocado que el territorio se haya convertido en un tablero de ajedrez sobre el que se disponen alineamientos de calado internacional. La “guerra fría” del siglo XXI mantiene uno de sus frentes abiertos en Venezuela, no es ni mucho menos el único en el panorama internacional, pero desde luego es uno de los escenarios más relevantes del momento actual.

Tal es la importancia, que en la agenda de los grupos políticos nacionales, Venezuela está escrita con mayúsculas. Esta  relevancia se basa en la necesidad de legitimar o rechazar a Maduro o Guaidó, uno u otro, en base a una polarización que pervierte el significado de los procedimientos de garantía democrática, y menosprecia el efecto que estos movimientos tendrán en la estabilidad del país venezolano.

El reconocimiento a Juan Guaidó por parte del gobierno español y algo más de medio centenar de países, no solo es un posicionamiento contrario al Derecho Internacional, también es un acto baldío en términos diplomáticos. Prueba de ello ha sido la expulsión del país venezolano de la delegación de parlamentarios europeos, que invitados por la Asamblea Nacional iban a reunirse con el presidente en funciones el pasado domingo.

Las declaraciones emitidas por Pedro Sánchez comprometiéndose a acompañar a Venezuela para alcanzar la paz, la libertad y la concordia, son palabras difíciles de tragar a la vista de las políticas del gobierno a favor de la venta de armamento a Arabia Saudí, la justificación de las acciones de Israel sobre la población palestina, y más recientemente suspendiendo la autorización para el desarrollo de las labores de rescate de las ONGs españolas en el Mediterráneo.

Este discurso no logra enmascarar un interés más local y menos altruista. Poco es el pudor para alinearse con los intereses del gobierno de Trump y los de la extrema derecha de numerosos países que rápidamente han salido a presionar sobre el tablero. Cualquier consideración tiene menos peso que la expectativa de una capitalización electoral (hoy más imperante que nunca), en un contexto nacional en el que la ultra derecha está comiendo terreno a los proyectos políticos de centro-izquierda de forma apabullante.

Ni que decir que el gobierno de Maduro, en una contundente debilidad democrática, económica y social, es también responsable de las calamidades que sufre un pueblo que alcanzó notables mejoras en cuestiones básicas como educación, sanidad o vivienda con Hugo Chávez, pero hoy se encuentra despojado de todo, fundamentalmente de protagonismo político. Incapaz de lograr contener la inestabilidad creciente, el gobierno de Maduro resulta inviable como proyecto permanente. Sin embargo aceptar como reemplazo a Guaidó en base a un procedimiento de autoproclamación presidencial se aleja bastante de lo que podríamos considerar aceptable bajo criterios democráticos.

Muchos (y visibles) son los intereses del poder en este asunto, generando posicionamientos en base a las expectativas de obtener beneficios de las desgracias ajenas, ya sea en la esfera internacional, o el ámbito local. La continua conformación de una agenda que contradice las posiciones frente realidades nacionales que interpelan a esos mismos Derechos Humanos que se dicen defender, resulta lamentable e hipócrita.

El envío de ayuda humanitaria encabezado por EEUU, así como su acumulación en los centros de acopio situados en la frontera con Colombia, Brasil y otros enclaves, están aumentando la tensión de forma alarmante. Este sábado 23 de febrero está señalado como fecha inaplazable para el acceso y distribución según declaraciones de Juan Guaidó, que reclama la colaboración del ejército venezolano pero que cuenta ya con el respaldo de EEUU, que parece tener planes de despliegue militar en la frontera con Colombia. Nicolás Maduro rechaza esta ayuda que considera “envenenada” y parte del “show” que ha orquestado EEUU, pero más allá de la denuncia de la situación, pocas opciones aparecen para desbloquear un enfrentamiento que parece inminente.

Es doloroso como todo el  ruido y la injerencia están silenciando la dificultad de un pueblo lesionado por la codicia de los de siempre. Venezuela se encuentra en un abismo de dificultades que más valdría superar a través de la democracia y la libertad para ser pueblo soberano, y no por la previsible imposición de los ejércitos y las armas.

Ojalá un futuro de justicia para los pueblos del mundo y un presente de resistencia para quienes les urge una respuesta inmediata a su sufrimiento.

 

Cádiz, 18 de febrero. Cristina Serván Melero.

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