En primera persona (del verbo Amar)

De Víctor Amar*.

La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la
personalidad humana y el fortalecimiento del respeto
a los derechos humanos y a las libertades fundamentales;
favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre
todas las naciones y todos los grupos étnicos y religiosos;
y promoverá el desarrollo de las actividades de las
Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz
(Declaración Universal de los Derechos Humanos, artículo 26)

Me llamo Víctor (y, en mi caso, soy la primera persona del verbo Amar, porque yo amo). No es una broma, soy y me llamo: Víctor Amar. Y, desde hace tiempo, tenía intención de compartir algunas reflexiones sobre los derechos humanos: la comunicación, la democracia, los hombres por la igualdad o la educación. Y me dije, sin abandonar el presentismo, por qué no mezclarlo todo. Pues en la vida todo se da y se mezcla sin esa indisposición que nos ofrece la marcada disciplinariedad. Pues bien, para hablar de mí, en mi primera persona, y de los asuntos que me conmueven, considero pertinente hacerlo desde una perspectiva autobiográfica; con el propósito de hacerlo en primerísima persona.
Si dijera que me ocupo de los derechos humanos, así como los derechos a la educación, es decir de la buena educación, no sería una presunción. Si dijera que me preocupo, tal vez, el entusiasmo me llegaría a ofuscar en el posible análisis. Pero, probablemente, hace falta una conjunción de ambas consideraciones. Ocupación y preocupación. Ocuparse es natural, del mismo modo que preocuparse. Por ello, permítaseme que así lo haga. Los derechos humanos son inalienables y una utopía, quizás, como la de alcanzar una buena educación. No vale aquello que se presenta y que al parecer se incentiva con nuevas propuestas, de una educación sinónimo de instrucción y memoria, además de mantener un claro objetivo: el de adoctrinar y dirigir. La educación, si la tuviese que definir e incluir en el marco de los derechos humanos, sería aquello que nos vale para la vida, para ser buenas personas, para ser, pues eso, persona. En democracia, no sólo hemos de utilizar el derecho a decidir cada determinado tiempo, haría falta una democracia que también ‘invadiera’ aquel espacio educativo, y nos referimos a cualquier espacio educativo, para que sea participativo, que las decisiones se tomen de modo consensuado, que se permita la entrada de los familiares y que, por ejemplo, la escuela saliera a la calle. Que haya un poco de educación no formal en la formal, y viceversa. E, igualmente, se habla mucho y bien de las comunidades de aprendizaje… Pero se podría también hablar de las comunidades de indagación, donde la enseñanza y el aprendizaje sean una acción, una recreación y una reacción, donde el alumnado esté dispuesto y disponible para averiguar, también equivocándose, donde no se le evalúe solo por los errores, sino por los aciertos…Donde el discurrir y el preguntarse no sean motivos de etiquetas de innovación sino el fruto de una dinámica de cambio en continua construcción.
Me entusiasma la comunicación. Y, en este sentido, la perspectiva educomunicativa me parece seductora. Hay que saber comunicar. La comunicación es un ejercicio de participación y, de nuevo, lo enlazo con el derecho a la educación (y por extensión con los derechos humanos). Sin comunicación no hay aprendizaje por descubrimiento. Nada se presenta para comprender y apenas estamos capacitados para defender nuestros criterios o argumentos, a seguir reflexionando o analizando; en definitiva, a evolucionar. Sin la educomunicación perpetuamos el silencio, que se premia en el aula, omitimos y callamos por temor. La educomunicación puede llegar a ser la manifestación pública de lo aprendido, una herramienta de lo que deseo aprender o bien el acicate para decirle a mis compañeras y compañeros: aprendamos juntos/as.
educacion_igualdad_oportunidadesY en el marco de lo contemporáneo, donde nos desenvolvemos, propios y ajenos, la educación para la igualdad no es una asignatura pendiente, es la asignatura transversal. O sea, aquella que promovería el cambio de los contenidos instrumentales por los transversales. Es decir, que las matemáticas, por ejemplo, tan importantes como dicen que son para la vida, se consideren materia transversal y que la educación para la igualdad sea la asignatura que suponga la nota de corte para acceder a cualquier carrera, formación o trabajo; de forma que sea valorada y evaluada.
Claro está que tendría una cantidad de contenidos que conectaría con la realidad que nos circunda. Por ejemplo, aprenderíamos de manera dialogada sobre la nueva masculinidad, el neomachismo, los micromachismos, la violencia, la negación, la dependencia, la homofobia, la afectividad o la sexualidad… Y todo esto es conocer y mejorar para ser buenas personas. Y todo esto son derechos humanos. Y todo esto es democracia. Y todo esto es educación. Y todo esto es…
Sin embargo, la pregunta que nos formulamos es: ¿por qué este saber no existe en la educación reglada? ¿Cuáles son las cabezas que deciden por nosotras y nosotros y no se ocupan o preocupan del bienestar, la felicidad o la calidad de la sonrisa de nuestras hijas e hijos; y priorizan que sepan de memoria, persistentemente, determinada temática curricular? ¿A qué estamos contribuyendo?
En mi nombre NO. Yo, en primera persona (del verbo Amar), prefiero ver a mis hijos/as felices, que vuelvan sanos y salvo de una salida nocturna, que sepan decir NO y que sean libres para decidir, que sean solidarios y profundamente respetuosos, que sepan empatizar y mirar a los ojos, que aprendan a aprender y a desaprender. Pero, también, que vean en la sostenibilidad la solución del futuro y que no se dejen manipular por los medios de comunicación, que se equivoquen pero que tengan la capacidad de pedir perdón y rectificar… Que entiendan, de verdad, que la diversidad es natural y real, que nos ha de unir más que separar.
Yo, en primera persona (del verbo Amar), no soy perfecto… Pero sueño y suscribo el pensamiento de Paulo Freire: Ojalá la utopía de hoy sea la realidad del mañana…

*Profesor del departamento de didáctica. Facultad de educación. Universidad de Cádiz

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