• 10 Diciembre ’20 #30Días30Derechos

LENGUAJE INCLUSIVO Y CHICOS MOLESTOS

Es natural que las mujeres esperemos que el lenguaje nos incluya como agentes de derecho ya que hasta ahora, en el mejor de los casos lo hacía como sujetas (sí, sujetas, atadas, dependientes) a derecho, objeto de derecho o simplemente nada.

El lenguaje es versátil, vivo, cambiante; unas veces refleja la realidad y en otros casos ejerce una función disuasoria o aleccionadora; puede excluirnos de prácticas sociales directamente o dar la apariencia de que incluye para luego “nadificar” a quien pretende ejercer de hecho su inclusión.

Algunos ejemplos de toda la vida: La proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano ¿Incluían a las mujeres o simplemente incluían una trampa para ingenuas? Olimpia de Gouges pagó con su vida la ingenuidad y el equívoco.  Otro ejemplo notable es el sufragio universal que sólo demostró que no era universal cuando las mujeres exigieron su derecho al voto y su búsqueda las puso a los pies de los caballos.

Es cierto que cada en momento de la historia el lenguaje ha reflejado las ideas y prácticas dominantes: Las mujeres de la calle, las mujeres de vida alegre, las mujeres de la vida, las desahogadas, mujeres de mundo… Se entiende que esto era así por contraposición a las mujeres de la casa, las mujeres de vida triste, mujeres de la muerte, ahogadas o mujeres de inframundo. El ama de casa no era la dueña de la casa, sino más bien la subalterna encargada de las labores de intendencia en la casa.

Quizá la forma más notoria, por imposición, costumbre o tradición, del uso del lenguaje al servicio de la hegemonía social de lo masculino es la inclusión de las mujeres en el concepto humanidad o en el despropósito de nuestra inclusión concepto hombre. Al parecer no han notado lo que tiene de prepotencia y la anulación que supone para la mitad del cielo, como tampoco han percibido la forma en que la palabra hombre se erige en ocasiones como barrera contra el simple sentido común. Pero poca cosa se puede esperar de una tradición que forma parte de la misma lógica cultural que considerar a las mujeres como un subproducto fabricado a partir de la costilla de un hombre y para su solaz.

No he visto que ninguno de esos chicos de las letras y otras cátedras, que hoy se muestran tan molestos por los supuestos daños que el lenguaje inclusivo está causando a nuestro lenguaje, hayan mostrado jamás tamaña indignación por el uso abusivo del masculino como forma genérica de referirse a hombres y mujeres. Algunos se revuelven como posesos porque el movimiento feminista haya incorporado una nueva acepción a la palabra género. No se me desmayen señores, no se me priven, no se me alteren, que el lenguaje está vivo y es versátil.

No se les ha visto mesarse los cabellos ni rasgarse las vestiduras ni alertar a la población sobre las sucesivas circunstancias históricas y sociales en las que el uso genérico del masculino no se correspondía con la realidad.

Por el contrario, sí que salta a la vista la forma tan chulesca en que algunos ¿versos sueltos? critican los intentos de tejer una nueva forma de usar el lenguaje para tratar de hacer visible nuestra existencia como agentes de la historia y no solo pacientes o dependientes. Se les ha visto y oído ridiculizar desde sus cátedras autoproclamadas lo que algunos consideran abusos del femenino.

Lo cierto es que, a falta de propuestas en positivo, muchas de las críticas que vierten los encumbrados del lenguaje se convierten en argumentos de barra de bar para machistas montaraces.

Pues ya está bien, “quien no se haya escondido” tiempo ha tenido, como decíamos en nuestros juegos infantiles. En este caso, ilustrado que no lo haya advertido, tiempo ha tenido.

A estos señores, académicos o no, escritores o letrados, de uniforme o togados, de chándal o de traje, les hemos dado tiempo de sobra para que hicieran su aportación a un lenguaje inclusivo capaz de reflejar los cambios en la realidad, en la relación entre hombres y mujeres y en la relación de las mujeres con el mundo. Tiempo han tenido de ver la realidad que pasaba ante sus ojos igual que ante los nuestros y lamentamos que no les haya parecido interesante llamar la atención sobre el equívoco interesado del masculino genérico.

Nos gustaría poder esperar de las personas, mujeres y hombres, cuyo oficio es tejer las palabras armoniosamente para contar historias, que se sumaran sin complejos, pero con lealtad, a nuestro esfuerzo para que las palabras sean también hermosas, ajustadas y leales al relatar la vida.

Lola Sanisidro Pose.

 

 

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