El día a día de las empleadas domésticas en Ceuta

Un artículo de Paloma Manzano, de la asociación ceutí Digmun, para el blog de APDHA-Cádiz

La Frontera

La frontera de Ceuta ha sido denominada como “Frontera de fronteras” (Pietro Sodu), por su gran complejidad, y es que, al igual que sucede en Melilla, las dos únicas fronteras terrestres de la Unión Europea con África, no sólo separa dos países sino varias dimensiones: desde el punto de vista geográfico separa el continente europeo del contienen africano; desde el punto de vista económico separa países enriquecidos de países empobrecidos; desde una perspectiva política separa la Unión Europea de la No Unión Europea; y culturalmente o religiosamente hablando separa un país islámico de otro de tradición cristiana. Además de todo ello separa Marruecos de España. Nuestro país ocupa el puesto 27 en el Informe de Desarrollo Humanos elaborado por la ONU; por su parte el país vecino ocupa el puesto 130. Esto nos da una idea del fuerte contraste que existe entre uno y otro lado de la valla, así como de las oportunidades que ven las personas marroquíes en la Ciudad Autónoma de Ceuta, en concreto las mujeres, como medio de mejorar sus circunstancias económicas. Sin embargo, estas oportunidades que se abren se convierten también en trampas que las conducen a la explotación más o menos encubierta, en un país donde en teoría  se respetan los Derechos Humanos.

Mujeres marroquíes, cruzando la frontera del Tarajal/A.S.

Mujeres marroquíes cruzando la frontera del Tarajal / A.S.

Al empobrecimiento económico de Marruecos, se le suma el problema del analfabetismo que afecta fundamentalmente a las mujeres, superando el 35%.

Las mujeres

Nos encontramos ante el colectivo de mujeres más invisible que trabaja en la Ciudad Autónoma de Ceuta: las empleadas domésticas que se emplean en la economía sumergida, y que provienen de Marruecos.

Por lo general, son mujeres con pocos recursos, poca formación y pocas posibilidades de trabajar en su país en un empleo digno. A pesar de ello, podríamos decir que se encuentran en un escalafón superior a las mujeres porteadoras.

Son mujeres que viven en la provincia de Tetuán, por lo que pueden pasar a Ceuta tan sólo con su pasaporte, sin necesidad de visado, pero no pueden pernoctar, es decir, deben volver a Marruecos antes del anochecer. Es importante señalar que sólo pueden pasar a Ceuta, que no forma parte del espacio Schengen; para llegar a la Península SÍ necesitarían visado.

Sin embargo, a pesar de que muchas de ellas vuelven a Marruecos, para regresar al día siguiente a Ceuta y enfrentarse al pase diario de la frontera, un número que pensamos elevado, pero del que no existen cifras oficiales, se queda viviendo en Ceuta. Comparten pisos alquilados, también dentro del mercado negro, o viven con familiares. Suelen ser mujeres que proceden de lugares más alejados, o que no tienen hijos e hijas que les obliguen a volver a Marruecos, aunque no siempre tiene por qué ser así.

Hay mujeres que están internas, viviendo con las familias con las que trabajan. Se ha detectado incluso, mujeres que pasaron la frontera siendo niñas y que fueron directamente a casas a trabajar internas, sin cobrar y habiendo sido arrancadas de su hogar por un o una “pariente lejano” y que viven en condiciones de esclavitud dentro del hogar. En definitiva que han sido víctimas de la trata de personas.

El camino

Las mujeres que cada día salen de sus casas para ir a trabajar a Ceuta, madrugan mucho. El camino es largo. Tienen que salir de Tetuán, Martil, Rincón, zonas rurales, etc. y coger un taxi colectivo, compartido con cinco personas más (sin contar con el taxista), ya que en los taxis marroquíes se sientan cuatro personas detrás y dos delante, aparte del conductor. En ocasiones, el trayecto en taxi se convierte en el primer inconveniente del día, ya que están expuestas a tocamientos no siempre fortuitos. El paso de la frontera es una incógnita. Pueden tardar minutos en pasarla, pueden esperar hasta una hora y media o más, o pueden no entrar si hay tensiones en la frontera, a veces sin motivo aparente. Todas, formando una masa de mujeres, de mano de obra barata para Ceuta, de rostros sin nombre, sufren no sólo la angustia de querer entrar a tiempo a Ceuta, sino también de la actuación de la policía. Sus quejas son siempre las mismas: mal trato, gritos, humillaciones,.. Abuso de poder por parte de la policía de ambos países e indefensión por parte de las mujeres que pueden llegar a sufrir altos niveles de estrés que provocan en ocasiones mareos, ataques de ansiedad, etc.

El trabajo

El trabajo que estas mujeres, expertas y asiduas en la frontera, desempeñan en Ceuta, permite la conciliación a mujeres y hombres que residen en la ciudad. Apenas hay un hogar que no cuente con una empleada doméstica, o en terminología ceutí “una muchacha”, que les facilita al máximo sus vidas: limpian, planchan, cocinan, cuidan a personas mayores, a niños/as e incluso animales domésticos. A cambio, ellas garantizan su supervivencia y las de su familia.

La característica fundamental del trabajo de estas mujeres es que no tienen contrato. Si bien es cierto que algunas que si tienen contrato, además del permiso fronterizo que les permite trabajar, la mayoría carece del mismo. CC.OO. calcula que el 80% de las empeladas domésticas procedentes de Marruecos, lo hacen sin contrato de trabajo.

La mayoría trabaja en la economía sumergida con todas las consecuencias que ello conlleva: no tienen acceso a la sanidad, ni a una formación reglada, nunca cotizarán para su jubilación, ni para cobrar desempleo si se quedan paradas, y no tienen cobertura en el caso de que sufran un accidente laboral.

Los sueldos que cobran, a pesar de que les permite, como hemos indicado, la supervivencia, no compensan todas las dificultades que estas mujeres tienen que soportar, antes y durante su trabajo (refiriéndonos en este caso a la falta de derechos). Los sueldos oscilan entre 150 y 300 euros mensuales. Ellas son conscientes de que son explotadas, no tanto quizá por el sueldo que cobran, que les permite vivir en Marruecos, sino más por el número de horas y días que trabajan, por la falta de vacaciones y por el hecho de no tener contrato laboral.

Se trata de una vulneración de los derechos humanos tan enorme que todos y todas tendríamos que comprometernos para apoyarlas y logar que se dignifique su vida y su trabajo.

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