El malismo

EL MALISMO. Lorenzo Benítez.

El malismo no existe para la Real Academia de la Lengua Española pero es una construcción morfológica correcta. Tan acertada como la invención del buenismo, que tampoco existe para la RAE y podría significar todo lo contrario. La llegada del concepto buenista a la prensa y la propaganda de la guerra no es casual, sino otra ocupación del lenguaje alentada por una Europa enferma y xenófoba, incapaz de ser lo que quiso ser. Ni su sombra. De paso borra los debates nacionales sobre la corrupción, los abusos policiales, incluso con fines políticos, la reforma constitucional o el desempleo. Cataluña se rompe menos después de los atentados de París. El paro también es menos atroz después de aquella matanza. Dice Fátima Báñez que creará 100.000 empleos en la provincia gaditana ¿Se puede ser más buenista? O es un malismo menor, mientras no estalle en nuestras narices. Y París lo sentimos como el centro de nuestras narices. París ya no es lo que queda cuando todo se derrumba. El malismo ha hecho un buen trabajo; ha inoculado la alarma, el odio y el ardor guerrero en sectores aparentemente progresistas de las sociedades europeas. Ese malismo ha legitimado el recorte brutal de libertades y los estados de emergencia en Francia, Bélgica o Túnez. En Francia se han realizado más de 1.000 registros policiales en domicilios sin orden judicial con gran violencia e impunidad. La mayoría de los asaltos fueron en casas de familias inocentes de origen musulmán  ¿No es un éxito de los terroristas? No hubo nada parecido en España en los atentados del 11-M, salvo aquel intento de atribuir la barbarie a la banda terrorista ETA. Están los terroristas yihadistas y su salvajismo pero también hay que destacar la deriva autoritaria de nuestros gobiernos democráticos, torpes e incompetentes, incapaces de garantizar la seguridad y libertad, sino todo lo contrario.

Hay reflexiones bravuconas, hasta ingenuas, como un artículo reciente de John Carlin en el periódico El País.

Sostiene Carlin que los países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, también han masacrado inocentes, demasiados, admite, en los países destrozados en Oriente Medio, pero con una diferencia. Obama lamenta esas muertes pero el ISIS no, se jacta. Vaya consuelo. Sostiene Carlin que todos no podemos llevarnos bien, como si descubriera la pólvora. De Carlin uno espera un análisis de mayor calado, no argumentos pueriles.

Los derechos humanos no son derecha o izquierda. Son universales, y más de los inocentes, caigan donde caigan. El mundo no se define en buenos y malos, hombres de bien y seres maléficos, sin más. Todo es más complejo.

Obama también lamenta los frecuentes atentados terroristas de los estadounidenses contra sí mismos. El último en una clínica de abortos. Más de 300.000 personas han perdido la vida por armas de fuego en este país en la última década, según el Centro de Prevención de Enfermedades (CDC). Quieren convencernos de que la violencia es el único camino, aunque haya que suspender las libertades fundamentales del Estado de Derecho. Registros sin orden judicial, dura represión del derecho de reunión y manifestación, detenciones y deportaciones ilegales, torturas, terrorismo de Estado, bombardeos aquí y allá, desde mucho antes de la tragedia de París, asesinando dictadores como si nada, en diferido para todo el mundo, la banalidad del mal, por último, la aniquilación del otro, la selva y la tribu…¿Qué hubo de civilizado en los crímenes de Sadam Hussein o Muamar El Gadafi? ¿Así queremos sentirnos seguros?

Carlin recordaba que cualquiera puede llegar con un rifle al bar del pueblo para matarnos uno a uno. También en Estados Unidos, John. Ocurre con frecuencia en los colegios norteamericanos. No por eso bombardean las escuelas. La alternativa a la masacre no es otra masacre. El uso despectivo del término buenismo es una falacia. Desdeña a quienes apelan a un mínimo de razón para analizar las causas, no los efectos. También desprecia la remota idea de enjuiciar a los tres malistas que iniciaron una guerra ilegal y terrorista en un país llamado Irak sin armas de destrucción masiva. Si no hacemos nada contra los responsables…¿Qué legitimidad defendemos? La guerra es la guerra, dice la propaganda, se alimenta de su retórica, y declarado el estado de emergencia, no hay razones que valgan. Todos y todas seremos víctimas. Quieren salvarnos de un enemigo abominable que -claro que escuece- vive entre nosotros, pero no ha hecho otra cosa que crecer al tiempo que son bombardeadas o desplazadas millones de personas en Afganistán, Irak, Libia, Siria…Sin embargo Arabia Saudí, que fomenta igualmente el infierno en casa y en el extranjero, ocupa un lugar de honor en el Comité de Derechos Humanos de la ONU. Amnistía Internacional informa de que 151 personas han sido decapitadas en este país en 2015.

La dictadura saudí es muy amiga del ex Rey de España, Juan Carlos, que fue agasajado y recibió un homenaje en aquel país hace unos días.


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Los saudíes machacan a disidentes, homosexuales, mujeres que reclaman sus derechos o personas que reniegan de la religión, como el poeta palestino Ashraf Fayadh, condenado a la pena capital por apostasía. Arabia Saudí también ha bombardeado a la población civil en Yemen y es un factor clave del extremismo religioso. Sin embargo es un país aliado, frente al bloque de Rusia, El Assad e Irán. Rusia, que señala a Turquía como cómplice del Estado Islámico, a través de la compra de petróleo. Turquía, que ha recibido una oferta de la UE de 3.000 millones de euros por contener en su territorio a más de dos millones de refugiados. Mientras los valores de las empresas de armas hacen bingo en la bolsa, Israel, en mitad de todo, asesina a jóvenes inocentes en Gaza.

El malismo, tan primitivo y manipulador, siempre intenta convencernos de la real politik. Bien disfrazada de falsa seguridad y falsos valores, como si la batalla fuera cuestión de fe y civilizaciones, y no de dinero.

Muchísimo dinero.

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