Sudán: la maldición del oro de Nubia

Foto: ACNUR

Autoría: Lola Sanisidro, Área de Solidaridad Internacional de la APDHA

Cuando llegan hasta nuestros ojos las noticias de las últimas masacres la mente se nos queda más bien en una lejanía de impotencia y es como si ni la solidaridad ni tan solo la piedad fuesen capaces de alcanzar tanta distancia sin debilitarse por el camino. 

La toma de El Fasher por los paramilitares (RFS) de “Hemeti” después de año y medio de asedio situó en el plano de lo noticiable el largo sufrimiento de la población sudanesa; África siempre paga con sangre su aparición en los informativos occidentales.

Y es que solo muy de vez en cuando las pantallas y los tabloides tienen un hueco para África y aún cuando lo tienen, dejan flotando la presunción de luchas tribales lideradas por jerarcas locales que, al parecer, se mantienen por arte de magia en el poder. 

Como si la herencia colonial no hubiese corrompido las posibilidades de crear un marco de autogobierno, como si la diversidad religiosa no se hubiese convertido en diferencia de trato y en jerarquía como si la diversidad entre musulmanes y no musulmanes no se hubiese utilizado sistemáticamente como herramienta de confrontación y dominación de los primeros sobre los segundos. Como si las cantidades ingentes de armamento que no tuviesen denominación de origen y como si el oro con el que se paga no siguiese un itinerario bien preciso.

La historia de Sudán es una cronología de la ocupación y el despojo desde el oro de Nubia y el tráfico de esclavos hasta el protectorado anglo egipcio justo anterior a la independencia en 1956 y hasta el tablero de intereses comerciales y estratégicos en el que la gente sufre y muere.

En su aún joven historia de país reconocido, Sudán ha sido escenario de guerras civiles, la primera desde la independencia hasta 1972, la segunda de1983-2005 y la tragedia sin nombre que la población está sufriendo.

En 1989 se produce el golpe de estado que asienta en el poder a Omar el Bashir durante 30 años de dictadura. 

Ha experimentado la separación de territorios que en 2011 pasan a constituir Sudán del Sur donde se encuentra el 75% de las reservas de petróleo, lo que si bien ha restado recursos al total, no ha resultado en beneficios para los habitantes del nuevo país.  

En 2019 una revolución pacífica consiguió acabar con la dictadura cuando tanto los mandos militares (SAF) como los paramilitares (RSF) dejaron de sostener al régimen de Bashir. 

Se constituye entonces el Consejo de Soberanía de Transición, presidido por el general del ejército regular Abdelfatah el Burhan, inicialmente coincidente y actualmente asediado por los paramilitares de Mohamed Hamdan Dagalo, Hemeti, con sus RSF (fuerzas de acción rápida) desde que en abril de 2023 saltó por los aires la posibilidad de acuerdo.  

Hemeti, que ya cuenta con una larga trayectoria de masacres desde el 2000 y que sentó un precedente de impunidad, controla la zona Darfur al oeste del país y con ella un tercio del oro de Sudán. Y aquí es donde empezamos a seguir el rastro del oro que produce a su vez el reguero de sangre en el que se ahoga Sudán.

Del cuarteto para la mediación en Sudán; Egipto, Estados Unidos, Arabia Saudí y Emiratos Árabes, al menos dos están sujetos a la sospecha de mantener intereses en el conflicto, bien por interés estratégico o por la venta de armamento, directa o subrogada, ya es bien conocido el interés de USA por mejorar su balanza con la venta de armamento. En el telón de fondo aparecen las expectativas concretas de los Emiratos Árabes así como su interés en las costas sudanesas del mar Rojo o el paso fronterizo hacia Libia al oeste de Sudán. No sería difícil seguir el rastro del tráfico de armas, su lugar de fabricación y el destino final del oro de Darfur.

El resultado de esa nueva forma de colonialismo que obtiene beneficio de los países al tiempo que les transfiere la gestión de las masacres, sin hacerse cargo de la responsabilidad de la tragedia, es aterrador.

De los 50 millones de habitantes de Sudán, más de 30 millones de personas, dos tercios de la población, entre ellos16 millones de niños, requieren ayuda urgente. Se calcula 24,6 millones de personas están padeciendo hambruna, dos millones en riesgo, uno de cada tres niños sufre malnutrición aguda, cientos de miles de muertos. Once millones de desplazados vagan sin rumbo, sin protección ni cobijo. Todo eso sin contar las atrocidades en las que se concretan las matanzas, las violaciones sin rostro ni nombre de las víctimas. 

Por su parte, ni los actores locales del conflicto ni el propuesto plan de paz de los mediadores aportan esperanza, ni la equivoca aceptación por parte de Hemeti ya que le otorga carta de naturaleza a su patente de corso, ni la desairada negativa de Burham a que se le considere al mismo nivel que los paramilitares, en un país en el que las vías oficiales de tráfico y tránsito se confunden y entremezclan con los itinerarios de la delincuencia.

Nos duele la triste perspectiva de unas instituciones de derecho internacional tan debilitadas, tan imposibilitadas de actuar cuando los pueblos y las gentes quedan a los pies de los caballos, nos duele la perspectiva de unos acuerdos de paz que queden, una vez más, reducidos al efecto publicitario de tranquilizar las conciencias mientras la muerte sigue campando a favor de quien tiene más armas y menos conciencia.

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