Nace la Enciclopedia de los Migrantes

Texto de presentación de Paloma Fernández Sobrino, presidenta d ela ONG impulsora del proyecto “L’Age de la Tortue

La Enciclopedia se entregará oficialmente a la ciudad de Cádiz en la persona de su alcalde, este lunes 20 de marzo, a las 7 de la tarde, en el salón de plenos municipal. El acto es abierto hasta completar el aforo

No soy nada.

Nunca seré nada

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, llevo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,

de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie

sabe quién es (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)…

Tabaquería, Fernando Pessoa

IMG_5356 (Copiar)Desde muy pequeña, un fuerte sentimiento de “migrante” me acompaña hasta tal punto que forma parte de mi construcción como persona, de mi arquitectura interior. Con apenas cuatro años, mis padres, mi hermana y yo emigramos desde Castilla hacia Cataluña por motivos laborales. Mi padre trabajaba entonces como obrero en una industria petroquímica y, tras el cierre de una planta química en Puertollano (provincia de Ciudad Real), la ciudad donde nacimos, casi todos los obreros de esa planta fueron trasladados al norte de España, en lugares donde la industrialización proliferaba y nuestro país se acercaba a Europa.

En Cataluña crecí y aprendí que el mundo es un lugar grande y complejo, donde convivimos personas diferentes. Un mundo cuyo camino no se termina donde finalizan las rutas del Quijote de La Mancha. En la escuela aprendí el catalán, además de mi lengua materna, el castellano. Y, con el catalán otras maneras de ver la vida y la inexistencia de las verdades absolutas. Cataluña nos dio la posibilidad de salir de la España profunda a la “modernidad”, la posibilidad de conocer a otras gentes, otra idiosincrasia, otros paisajes y, sobre todo, otros pensamientos. Cataluña me ayudó a crecer teniendo en cuenta la multiplicidad y no sólo mi persona, mi familia, mis orígenes. Pero ese mismo lugar, que me ayudó a crecer con la mente despierta, me descubrió paradójicamente un amargo sentimiento, una amarga consciencia de la palabra “migrante”.esde muy pequeña, un fuerte sentimiento de “migrante” me acompaña hasta tal punto que forma parte de mi construcción como persona, de mi arquitectura interior. Con apenas cuatro años, mis padres, mi hermana y yo emigramos desde Castilla hacia Cataluña por motivos laborales. Mi padre trabajaba entonces como obrero en una industria petroquímica y, tras el cierre de una planta química en Puertollano (provincia de Ciudad Real), la ciudad donde nacimos, casi todos los obreros de esa planta fueron trasladados al norte de España, en lugares donde la industrialización proliferaba y nuestro país se acercaba a Europa.

Esa oportunidad que tuvimos supuso, también, un desarraigo para mí, un sentimiento de “no-pertenencia”, un “no encajar” en un paisaje y, en consecuencia, mucha inseguridad.

Tiempo después, a mis veintisiete años, decidí partir de Cataluña para emigrar a Francia, donde vivo desde hace ya más de una década… Vine por decisión propia, esperando encontrar mi lugar, deseando crecer.

Aquí he aprendido a hablar francés y a pensar el mundo en francés. Francia es mi segunda tierra de acogida y el lugar donde he podido concretar mis ideas. Me alegro de vivir aquí por todo lo que este país me ha aportado intelectualmente y profesionalmente, por todas las vivencias enriquecedoras, por las buenas personas que he encontrado y porque aquí nació mi hijo: Otto… pero sigo sin sentir que encajo en el paisaje, sigo sintiéndome como una flor de secano pegada con “photoshop” en un paisaje de regadío. Fuera de lugar o, más bien, fuera de mi lugar natural. Aquí tengo que componer mi día a día con una cierta artificialidad que transforma lo que yo entiendo como mi “yo verdadero”.

Aquí camino siempre de la mano de la soledad. De esa soledad de no estar con “los tuyos”, con tus “incondicionales”, con esas personas que te han visto crecer y a quienes puedes acudir en cualquier ocasión, buena o mala, a pedir cobijo o abrazo.

Cuando emprendí mi viaje hacia el norte, no esperé encontrar soledad. Sólo pensaba en tesoros, que también he encontrado… pero la soledad ha sido una sorpresa y es difícil gestionarla.

Este proyecto nace simplemente de ahí, de un deseo de compartir y de entender ese extraño sentimiento de soledad, de una necesidad de compartir mis interrogantes y mis inquietudes con otras personas, con otros puntos de vista.

Sé que no todas las personas migrantes compartimos necesariamente esta idea de soledad , pero todas las personas migrantes, tenemos un fuerte sentimiento en común, quizás un sentimiento que ninguna palabra podrá describir nunca con exactitud y que va más allá de toda categorización. Un sentimiento que se intuye de manera transversal a lo largo de esta enciclopedia.

Gracias a este proyecto, he conocido muchísima gente y muchísima gente se ha conocido entre sí, compartiendo así un ratito de nuestras soledades o de nuestras realidades y visiones del mundo.

Migrantes o no, intelectuales o no, un grupo muy numeroso de personas en cuatro países hemos trabajado juntos durante dos años para escribir esta Enciclopedia de Migrantes, cuya pretensión ha sido la de “construir juntos” a través de una obra de arte que, finalmente, ha sido una oportunidad. Una oportunidad para dialogar, para acercarnos los unos a los otros, con nuestras diferencias y con nuestros “comunes”, para intentar crear nuevos espacios de reflexión más humanos, para resistir a la violencia de la realidad con un poco de osadía y centrándonos en el respeto hacia el ser humano.

Una Enciclopedia íntima de las migraciones, que contiene historias íntimas, auténticas y sobradamente legítimas. Una Enciclopedia de Migrantes que tanto en su proceso de construcción, como en su resultado, esperamos sea fuente de sabiduría para nuevos pensamientos, nuevas políticas que deben reciclarse, osando, como nosotros hemos osado, un acercamiento delicado y respetuoso a la complejidad del ser humano.

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