¿Quién es Kenia?

Lola Sanisidro

Kenia es una tragedia lejana para quienes creemos que habitamos en el ombligo del mundo, quizá por eso la muerte de sus estudiantes a manos del integrismo religioso organizado no nos aturde ni nos convoca en la misma medida que aquellas que se producen en nuestro entorno más cercano, quizá por eso no hemos tomado la decisión de prender sobre nuestras ropas, a modo de lamento colectivo, una identificación que proclame “yo soy Kenia”

Quizá porque la tecnología de la información nos acerca cada día más tragedias de las que podemos asumir personalmente, quizá porque la información y la comunicación no son la misma cosa, quizá porque la información no comunica cercanía y, ojalá que no sea así, quizá porque habitamos en el ombligo del mundo y no en el corazón, quizá porque el corazón está más repartido por el mundo.

Y, sin embargo, quienes creemos en la universalidad de los derechos humanos, tenemos que dedicar al menos una palabra para dar voz al reconocimiento del dolor por las vidas perdidas, esta vez por ser cristianos en Kenia, ayer por ser jóvenes mujeres en Nigeria, enfermos en Sierra Leona y en cualquier momento por ser los habitantes pobres de un continente rico.

Pero también debemos palabras que no se pierdan en sí mismas, debemos palabras para reclamar una mirada sobre todo un continente que se desangra en luchas, epidemias, hambre, miseria, expolio, desigualdad y olvido; porque parece como si África se hubiera dado por causa perdida.

África perdida para todo lo que no sea ganancia, llámese coltán, diamantes, venta de armas… Expolio de sus inmensos recursos naturales y vertedero de los residuos materiales y morales de occidente.

Mil veces hemos aplazado la reflexión sobre las causas de las tragedias de África. Eso sí, se han elaborado en abundancia sesudos análisis diagnósticos que nunca se concretan en compromisos solidarios o que se solventan con intervenciones militares que originan nuevos agravios y extienden el sufrimiento.

Hay quienes sentimos impotencia y hay quienes tienen el poder y un interés culpable en que nada cambie, en que siga habiendo muertos de primera y muertes de segunda, muertos a quienes se les arrebata incluso la esencia de ser sujetos de derecho y se les confina como lejanos objetos de injusticia.

No importa demasiado lo que ocurra mientras ocurra lejos y la máquina del negocio sin escrúpulos siga bien engrasada y fluyendo hacia los bancos. No importa lo que ocurra mientras no lleguen hasta nuestras puertas los desheredados.

De esa hipocresía y de esa doble moral de quienes nos gobiernan ya tenemos larga experiencia en este Mediterraneo, cementerio marino, el río del olvido.

Ni análisis de las causas, ni asumir la responsabilidad que nos cabe en ellas, ni acoger en asilo a quienes huyen de la tragedia. Quizá por eso los líderes mundiales no se han reunido para alentar la expresión colectiva “Somos Kenia”.

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